UN COMPAÑERO DEL HEROE DE CASCORRO.
Publicada en la revista EStampa nº 159 del 24 de Enero de 1931
El traje de rayadillo y el jipi, la barbilla nazareno, el oficial de aspecto civil, el dulzor de la guajira mezclado al aire marcial del "que vivan los valientes"... Todo con orden y minucia cruza por el fondo de este relato que Ruperto Martín, de la Compañía del héroe de Cascorro, nos hace de aquel dia jaquetón, de aquel 30 de septiembre de 1896 al que se asomó todo el interés de España, y desde el que apenas si van pasados treinta y cinco años, a pesar del descoloramiento que le envuelve.
Este Ruperto Martín Sáez es algo asi como "el que queda para contarlo". Aunque de soldado del primer batallón de María Cristina ha pasado a guarda de campo. Aunque han pasado años y más años y su joven vivacidad se ha ido haciendo tersa y enjuta.

Aunque la vida ha vuelto a hacérsele redonda y vulgar. Con todo, aun recuerda la hora exacta,el color del día, el silbar de las balas y el humear de las granadas de la grande, de la inefable anécdota presenciada.
Bordea los sesenta años, a pesar de todo. ¡Qué distancia de su relación de guerra a las de las generaciones actuales! Lo que cuenta es como aprendido de una estampa, de esas en que la guerra no es más que un bello espectáculo de tramoya. Y hay soldados sentados en los tambores jugando a las cartas, y "horrísono fragor" en las batallas. Y retumbar de cañones que después sirve para la sonoridad del verso heroico.

Habla Ruperto Martín:
—¡Nos mandaban un fuego mortífero los insurrectos!... Tenían toda clase de armas, hasta bombas explosivas. Nosotros no éramos más que ciento cincuenta hombres y sólo con "remington".
¡Pero nos hacíamos fuertes hasta en el campanario de la iglesia!
—¿Y asi les sorprendieron el día memorable?
—¿Cómo que nos sorprendieron? ¿Quién ha dicho esto?... Tuvo buen empiece. Fue cosa bonita: una descarga cerrada alrededor del pueblo y un cañonazo a la vez. La bomba iba "mocho" alta. Al hacer la número diez, pregunta el jefe - ¿ Cuantos cañonazos van?" "Diez, mi capitán" le digo. "Pues un trago de ron.-Y desde ahora cada diez cañonazos beberemos un trago."
Hay que llamarle al orden. Se enardece contando estos detalles que emocionaron a toda una España anterior y colonial. Hay que decirle: Eh, Ruperto Martín!", como si se tratara de despertarle para llegar a la narración ejemplar.
Comienza de nuevo:
—Aquel treinta de septiembre amaneció muy despejado. Nada más alumbrar la luz del día, empezaron a golpear en la casa del alcalde de Cascorro, que teníamos fren a nuestro fuerte. Como el alcalde era amigo nuestro, aunque luego resultara un traidor, voceamos: "¡Don Fernandooo! ¿Ocurre novedad?" Pero no nos contestaron.
Da respeto recordar aquello!. "Da respeto". El respeto, la emoción de sentirse viviendo la anécdota que luego ha de servir de ejemplo en las escuelas.
—"¡Don Fernandoo! ¡ Don Fernandooo!"...
Y empezaron a abrirse unos agujeros en los muros de su casa, por los que asomaban fusiles. "Esto va malo", dijo el capitán,- eran ya las cuatro de la tarde...
—¿Y el héroe? ¿Qué hacía?
—A ello vamos. Dieron orden de disparar les hicimos un muerto y tres heridos. ¡Pero no acabábamos con ellos! En esto dijo nuestro capitán: "A ver cómo se quema la casa". Y empezamos a echar trapos y botellas de petróleo al tejado. Se apagaban en seguida. ¿Qué hay que hacer? ¡Aquí no podemos dejarles esta noche!
Entonces surge la pregunta que después se ha de leer en la historia: "¿Hay alguno que se preste a ir a quemar esa casa?"
Avanza un asturiano. Luego un catalán. Por poco no es Eloy Gonzalo el héroe de Cascorro. Pero he aquí que también él da su paso al frente. "Aquí estoy yo, mi capitán". Y con voz terne dice otras palabras de decisión:
—"No quiero más que mi cuerpo se ate con una cuerda para que no quede en poder de esos infames". El capitán no duda en la elección. Asturiano y catalán son dos soldados bisóños. Eloy Gonzalo, hombre avezado a la aventura. "Muy bien. Estoy contento de mandar valientes como vosotros". Y elige a éste.
Salió agachado, mientras hacíamos fuego rápido por encima de él, que no sé cómo no pasó nada... En seguida lo ciscó todo, encendió y ardió ¡como petróleo!... ¡Qué pronto echaron todos a correr! Mandó el capitán a un teniente con veinticinco hombres en su persecución pero solo pudieron coger a uno que estaba escondido debajo de un carro. Nosotros apagamos la casa y cogimos todo lo que en ella había: ropas cajitas con su cadena, machetes que todos los cubanos llevaban porque eran muy caprichosos...
—Y una cosa que me parece que no es muy conocida: ¿Eloy Gonzalo, volvió ileso?
—¡Claro que sí! Como que no murió hasta dos años mas tarde, en Matanzas, donde le hicieron un panteón que costó muchos miles.
Llegan los agasajos. La compañía de Cascorro era recibida con vítores por todas partes y con buenas comilonas. Ruperto Martín recuerda bien la de Puerto Príncipe, y un rancho extraordinario que costeó el propio Eloy Gonzalo. "¡Qué buen chico era Eloy!", dice todavía cuando se acuerda.
Siguieron las fiestas a la vuelta a España, el año 99. Fiestas en su mayoría, culinarias.
—¡Me acuerdo de una que costó ciento dos reales por cada uno! ¡Con dos músicas y todo!

¡Siento no haber tenido el listín!... ¡También me acuerdo del gobernador de Cádiz, que al llegar la compañía a España nos pagó a todos el teatro.
Magnífica hazaña ochocentista la de aquella primera compañía del primer batallón de María Cristina. "Que no en vano lleva el nombre de tan Augusta Señora", como Weyler escribió al comentar la hazaña en la orden general. Que también recuerda y guarda este buen Ruperto Martín, que todavía lleva con cierta marcialidad por los campos de las afueras su tercerola de guarda jurado, y que no ha olvidado por un momento a pesar del tiempo trancurrido todo lo que sucedió en aquella campaña.

EDUARDO DE ONTAÑON





