Entrevista a D.Martin Cerezo en la revista de actualidad (de la epoca) ESTAMPA. Abril 1932.

Abril 1932
Estampa
La Historia, contada por sus héroes
“337 días sitiado en la iglesia de Baler”
cuenta el coronel Martín Cerezo
«La Historia, contada por sus héroes», será una colección de episodios nacionales. La guerra carlista; la de África, Cuba y Filipinas: la sublevación cantonal... La historia de España en los últimos ochenta años va a ser narrada a los lectores de ESTAMPA; pero no por historiadores, ni por literatos, sino por los protagonistas mismos de los hechos. Hacerlos hablar será la obra del redactor de ESTAMPA encargado de estas informaciones, con las que creemos realizar una obra patriótica y, de paso, ofrecer una lectura amena, llena de interés y de emoción.
EMPIEZA EL SITIO.
Paseando al sol por el huerto de su casa de la Ciudad Lineal, el coronel Martín Cerezo cuenta el sitio de Baler:
—El 30 de junio de 1808 quedamos ya encerrados y cercados en la iglesia de Baler. Éramos cincuenta hombres del batallón expedicionario numero 2, mandados por los segundos tenientes Juan Alonso y yo. Con nosotros se habían metido en la iglesia el comandante político-militar del distrito del Príncipe, capitán Las Morenas, y el médico Vigil...
El día 1 de julio, los tagalos nos mandan el primer mensaje intimándonos la rendición. No le contestemos, y al día siguiente mandan otro... ¡Muchos más habían de enviar inútilmente ¡... Y en todos nos dicen, más o menos,lo mismo: "Es una locura que os resistáis. España ha perdido ya las Filipinas. Todo el territorio ha caído en nuestro poder".
El 8 de julio, el cabecilla Cirilo Gómez Ortiz nos escribe pidiendo una tregua para que la gente descansara,y diciendo que había sabido por los desertores —habían desertado de nuestro destacamento algunos soldados—,que estábamos muy mal de alimentos... Que él estaba dispuesto a socorrernos;que mandásemos por lo que nos hiciese falta a individuos sin armas... Con esta carta venía una cajetilla de cigarros para el capitán Las Morenas y un puñado de pitillos sueltos: uno por cabeza...
Nosotros aceptamos la suspensión de hostilidades, por unas horas, hasta el anochecer, y le contestamos que muchas gracias por su generoso ofrecimiento, pero que nos sobraban víveres... Y para probárselo, le regalamos una botella de Jerez y un puñado de medias regalías...
INCENDIANDO.
—Pero no todo era parlamentar y hacerse finezas—dice sonriendo el coronel Martín Cerezo—, Los insurrectos apretaban el cerco... Llegó un momento en que nos pusieron en una situación angustiosa, instalándose en los edificios que habían sido cuartel de la Guardia Civil y escuelas, que estaban a muy pocos pasos de la iglesia. Desde allí nos podían fusilar a placer... Para salvamos,
salió el soldado Gregorio Catalán Valero y, bajo el fuego nutridísimo de los enemigos, incendió el cuartel y las escuelas... Otra casa nos molestaba, también. Y pocos días después, otro muchacho., Manuel Navarro, repitió la hazaña de Catalán; salió y la hizo arder...
LA EPIDEMIA
- Allí encerrados días y días entre cuatro paredes de la iglesia, sin más provisiones que un poco de arroz y unas latas de conservas, medio podrido todo; ¿figúrese ustedes como estaríamos ¡. En septiembre, se declaró entre nosotros una epidemia de beri-beri. Su primera victima fue el antiguo párroco de Baler, fray Cándido Gómez Carreño, que murió el 25 de septiembre. El 30 cayó la según da, el soldado Ramon Donat, el teniente Juan Alonso, jefe del destacamento; el soldado José Lafarga, el soldado Ramon Lopez...Noviembre se lleva a otros cuantos camaradas: al soldado Juan Fuentes, al soldado Baldomero Larrode, al soldado Manuel Navarro, al soldado Pedro Izquierdo, al capitán Las Morenas...
LOS MORIBUNDOS,DE CENTINELA.
—El día 22 de noviembre, cuando murió el capitán Las Morenas y yo asumí oficialmente todo el mando, hacia ciento cuarenta y cinco días que estábamos sitiados. Quedaban a mis órdenes treinta y cinco soldados, un corneta y tres cabos, aparté del médico Vigil y un sanitario. Nuestras provisiones eran: unos cuantos sacos de harina, toda ella fermentada y formando mazacotes; algunos más
de arroz; otros, que habían tenido garbanzos, pero que ya no guardaban más que polvo y gorgojos; algunas lonjas de tocino hirviendo en gusanos; algunas latas de sardinas averiadas; unas pocas habichuelas muy malas; algo de café, ni pizca de sal y bastante azúcar.Estábamos en pie cuatro o cinco hombres de la guarnición. Todos los demás, enfermos. Pero los enfermos tenían que hacer servicio. Los sacábamos de la cama y los llevábamos en brazos hasta los puestos de centinelas. Allí se los colocaba en una silla, o cosa parecida, y se les dejaba seis horas, tiritando de fiebre, abrazados a su fusil...A las seis horas los cogíamos otra vez en brazos, los llevábamos a sus candas y sacábamos de otras camas otros centinelas.
Los moribundos, caídos en sus lechos, se entretenían calculando en que sitio seria enterrado cada uno.
De pronto, se oía decir: -A mí me toca junto al altar mayor.
—A tí te toca en la sacristía. Y las desmayadas voces disputaban,..
Para disimular esta situación, para que no la advirtieran los sitiadores, y para animar a los muchachos, organizábamos unas juergas desesperadas... Nos salíamos todos, los sanos andando y tos enfermos arrastrándose, al corral de la iglesia, y allí nos poníamos a cantar y a hacer ruido, como frenéticos... Era siniestro ver a cuantos individuos esqueléticos y astrosos voceando furiosamente entre el estertor de los agonizantes y el tiroteo.
Nuestras mascaradas exasperaban a los tagalos. “¡Cantad – nos decían -, cantad, que ya llorareis!” Otras veces hacían sonar en su campamento chillidos y risas de mujeres. Y nos gritaban “¡Castilas, gualan babay ¡” Es decir: “Españoles no tenéis mujeres”
El coronel se encoge de hombros. - ¡Mujeres!... ¡Bastante nos importaba a nosotros las mujeres, en el estado que estábamos!.
UNA SALIDA DESESPERADA.
-El cerco nos ahogaba. Otro héroe, el soldado Juan Chamizo, había repetido la proeza de Gregorio Catalán y de Manuel Navarro: habia salido y, desafiando el fuego enemigo, habia indenciado las casas mas proximas a la iglesia, desde las que nos molestaba demasiado el tiroteo de los tagalos. Pero, a pesar de todo, nuestra situación era angustiosa. Ya no teníamos qué comer; ya no podiamos respirar dentro de la iglesia.Los treinta espectros que aun se sostenían en ella iban, poco a poco, cayendo..
-Nos abrazamos a una resolución desesperada.El día 14 de Diciembre, de diez y media a once de la mañana, es decir a la hora menos indicada para cualquier tentativa, catorce hombres, mandados por el cabo José Olivares, se echaron de pronto fuera de la iglesia y cargaron a la bayoneta sobre los sitiadores...Otros cinco o seis soldados, buenos tiradores, apoyaban la carga, desde la iglesia, disparados... Se produjo un pánico enorme entre los tagalos.Los centinelas , tirando sus armas, echaron a correr,seguidos por toda la fuerza...Corrían, corrían, espantados, frenéticos...
Nosotros los perseguíamos y los macheteábamos despiadadamente, con la furia de tantos días quietos, soportando hambres y miserias, bajo fuegos de los sitiadores;impotente, viendo morir a nuestros compañeros uno a uno.
El Coronel Martín Cerezo calla un instante, recogido en sus recuerdos.
—Ahora—dice, moviendo la cabeza—; ahora aquí, pacíficamente, tranquilamente, parece monstruoso todo eso...Pero allí no lo era, créalo usted... Allí sentía uno como un placer..., como un alivio, matando gente...
EL CAPITÁN GENERAL ENVÍA UN OFICIO.
—Esta salida, que nos permitió destruir las trincheras enemigas, incendiar el pueblo, recoger algunos víveres frescos y ventilar y limpiar la iglesia, nos dio algún respiro. Los enfermos, mejoraron, y algunos se restablecieron del todo.
Pronto volvieron los fugitivos, sin embargo, y otra vez nos encontramos sitiados. Y otra vez empezamos a recibir intimaciones para que nos rindiéramos, diciéndonos que Manila se había rendido, que las Filipinas ya no eran de España.
Era verdad.Pero nosotros creíamos que era mentira. El día 14 de febrero de 1899 se acercó a nuestro refugio un hombre con una bandera blanca. Salí yo a recibirle. —¿Es usted — me preguntó— el capitán Las Morenas? —No, señor. Soy uno de los oficiales del destacamento. ¿Qué se le ofrece?
—Soy el capitán D. Miguel Olmedo, y vengo de parte del señor Capitán general para hablar con el Sr. Las Morenas».
—El capitán Las Morenas no habla con nadie ni quiere recibir a nadie. Le han engañado ya muchas veces y se ha propuesto que no le vuelvan a engañar. Dígame usted lo que quiere y yo se lo diré.
A regañadientes, me entregó un oficio que traía.
Yo me fui hacia dentro, como si le llevara al capitán el pliego; lo abrí, y lo leí.
Decía:
"Habiéndose firmado el Tratado de Paz entre España y los Estados unidos y habiendo sido cedida la soberanía de estas Islas a la última citada nación, se servirá usted evacuar la plaza, trayéndose el armamento, municiones y las arcas del Tesoro,ciñéndose a las instrucciones verbales que de mi orden le dará el capitán de Infantería D. Miguel Olmedo y Calvo.—Dios .guarde a usted muchos años.
Manila, 1 de febrero de 1899.—Diego de los Ríos."
Y debajo:
" Señor comandante político-militar del Distrito del Principe, capitán, de Infantería D. Enrique de las Morenas y Fossi."
Yo no le concedí a aquello más crédito que a las noticias y actas de capitulación que ya nos habían transmitido los sitiadores... "Bah —me dije—. Una añagaza de esa gente”,Y despaché al que yo creía falso capitán 0lmedo, sin hacer caso de sus protestas.
UN BARCO LLEGA.
Nosotros esperábamos que la salvación viniera por el mar. Confiábamos, no sabiendo que verdaderamente la guerra había acabado y que hacía meses que las Filipinas eran de los yanquis, que desde Manila viniera algún barco a recogernos. Y nos pasábamos los días contemplando el Pacífico, a ver si allá a lo lejos aparecía el barco deseado...
Y un día, el día 11 de abril de 1899, apareció.Por la tarde, poco después de las dos, oímos de pronto Un cañonazo lejano... Y luego otro... Y luego otro...
Hasta diez.
Los muchachos brincaban, locos de alegría.—¡ Una columna que vienen a socorrernos!—gritaban.
Todo el resto de la tarde lo pasamos en acecho, esperando ver llegar de un momento a otro a la columna liberadora.
Se hizo de noche, y según estábamos rodeados de tinieblas, procurando hendirlas, con nuestros ojos ávidos,vimos nacer súbitamente en medio del Océano una claridad deslumbradora.
—Es un... un...—balbuceó alguien sin atreverse a concluir la frase, de miedo a engañarse.
Otra voz la acabó:
— Es un reflector ¡ Es un barco —gritó.¡ Si! Era un barco! ¡ Un barco que nos buscaba con su reflector en la tierra negra y hostil! Un barco que venia a salvarnos.
Aquella noche nadie durmió en la iglesia de Baler.La pasamos apretujados los unos contra los otros, tendiendo los brazos hacia la luz amiga, la luz que tanteaba la oscura costa.. buscándonos.Al amanecer oímos un tiroteo muy vivo por la parte del mar.
No podíamos ver el combate. Pero nos lo figurábamos. —Es el desembarco.
Cesó pronto el tiroteo y durante unas horas hubo un gran silencio. ¿Qué pasaría?
Esperábamos, esperábamos ansiosamente...A la tarde los cañones del barco empezaron a disparar.Los estampidos hacían temblar la iglesia... Veíamos a los
tagalos correr campo adelante, cargados con sus petates. Pasó un rato y cesó el bombardeo. "Ya están deshechos los tagalos", pensamos todos. Y mandé, a mi gente que se abocase a las aspilleras y que hiciese tres descargas seguidas para dar a entender al barco que aun vivíamos, que aun nos defendíamos,... Pero nuestros disparos se perdieron en el aire sin que del barco respondieran...
Anochecía... Los soldados subidos en lo alto de la torre hicieron señales con luces... Nada. No nos contestaban...
A las cuatro de la madrugada se apagó el reflector, el vapor se puso en marcha y sus luces se perdieron de vista, tras la Punta del Encanto, camino de Manila...
Se iba... —Aquel vapor—sigue diciendo el coronel Martín Cerezo—era el cañonero norteamericano "Yorktwon", enviado por el Gobierno de los Estados Unidos para
rescatarnos. Un oficial con catorce hombres y una ametralladora desembarcó, pero los tagalos se echaron sobre ellos y los exterminaron. Y el barco, en vista de ese contratiempo, se había marchado, después de bombardear a los insurrectos.
EL ÚLTIMO COMBATE.
—Y seguimos resistiendo, a la desesperada... Ya apenas comíamos. Nos alimentábamos, si se puede decir así,con una especie de cataplasma hecha con hojas de calabacera y algunas sardinas de lata podridas... Algo de carne a veces: algún perro, algún gato, reptiles,cuervos...
Pero peleábamos aún. Una noche se acercó un grupo de sitiadores a abrir agujeros en nuestro asilo, para impedirnos tomar agua de un pozo que había yo hecho al principio del sitio y que nos surtía bien. Nos apercibimos, y a la mañana, cerramos las brechas y a los que andaban pegados al muro intentando volver a abrirlas les rociamos con agua hirviendo, los cazamos a tiros de revólver... Se oía chirriar las carnes de aquellos indios al caer sobre ellas el agua abrasadora... Gemían como ratas... Pedían clemencia...
—¿ Qué, está demasiado caliente el café?—les gritábamos con una alegría feroz.
Uno, herido de un balazo, lloraba. Y un soldado le preguntaba a través de la tapia:—¿Qué te pasa a tí, monin? ¿Te hemos hecho pupa?¿Estás tú malito?
Diez y siete sitiadores quedaron allí muertos, junto al muro de la iglesia.
OTRO ENVIADO DE MANILA.
Una hora después de este combate nos pidieron parlamento desde las trincheras enemigas, enarbolando una bandera española. Y avanzó hacia la iglesia un señor con el uniforme de teniente coronel de Estado Mayor de nuestro Ejército: el teniente coronel don Cristóbal Aguilar y Castañeda, comisionado por el general don Diego de los Ríos para recoger el destacamento, según me dijo:
Yo no le oculté que no le creía.
——Puedo enseñarle mis documentos....—me ofreció sacando un gran sobre.
Me encogí de hombros.
—Traigo—me dijo entonces—un vapor para llevarlos a ustedes a Manila. ¿ Si pasa por la parte del mar que ven ustedes desde la torre y hace la señal que usted me
indique, me creerá? —Bueno—concedí—. .Que pase y que dispare dos cañonazos hacia la sierra...
—Se hará—aseguró el supuesto teniente coronel.
Y en efecto: al día siguiente, 30 de mayo, el vapor pasó y disparó dos cañonazos. Pero ni aun así creíamos que aquel señor fuera de
verdad teniente coronel de nuestro Ejército. El vapor nos pareció un lanchón disfrazado y el supuesto teniente coronel un tagalo o un desertor. Así que cuando a la tarde se presentó otra vez !o despaché sin miramientos como al capitán Olmedo.
—Pero si este territorio ya no es nuestro...—me decía—. Si ya está hecha la paz...
—Bueno, pues si está hecha la paz, que se retire esa gente.
—¡Es una locura!... ¡Es una barbaridad!... —¡Psch!...
El señor Aguilar me consideraba perplejo. —-Y si viniera el general Ríos, ¿le haría usted caso?—me preguntó por último.
—Si. A él, sí. Se fue, dejando en el suelo un paquete de periódicos.
Viéndole alejarse, un soldado que estaba junto a mí se echó el fusil a la cara.
—¿Quiere usted que lo mate, mi teniente?
LA CAPITULACIÓN.
Allí, en aquel paquete de periódicos que nos dejó el teniente coronel Aguilar, estaba el desenlace del drama.
De momento creímos que los periódicos, como el vapor, como el teniente coronel -como todo lo que nos llegaba de fuera!— eran falsificaciones... Había una porción de "El Imparcial", de "El Imparcial" de aquí, de Madrid, en los que se hablaba de la pérdida de las colonias, de la repatriación...
Examinándolos, nos sonreíamos desdeñosamente.—Es "El Imparcial falsificado por estos indios para engañarnos...
Como no teníamos ya víveres para sostenernos,estábamos decididos a escapar, aprovechando la noche, hacia el bosque, para esperar allí socorros de España. Y ya me ocupaba en ultimar la expedición;faltaban ya sólo unas horas para que la emprendiéramos, cuando, repasando una vez mas los números de "El Imparcial", encontré en uno de ellos una noticia... Era una noticia brevísima, escondida en un rincón del periódico... Una noticia que para nadie más que para mi tenía importancia. "El segundo teniente de la Escala de Reserva de Infantería, don Francisco Díaz Navarro—decía el periódico—, pasa destinado a Málaga."
Aquel oficial era intimo amigo mío. Habíamos sido compañeros en el Regimiento de Borbón. Le correspondió ir a Cuba, y sabia que al concluir la campaña pensaba pedir que lo destinaran a Málaga,donde vivían su familia y su novia.
Pero esto no lo podían saber los tagalos... Aquella noticia al menos no era una falsificación... Y si esa noticia no era falsa, no era falso el periódico...
Era efectivamente "El Imparcial", "El Imparcial" de Madrid... Y lo que contaba... La pérdida de las colonias, era verdad... Las Filipinas ya no eran nuestras!...
¡Aquel pedazo de tierra que tan obstinadamente defendíamos no era nuestro!...
¿A qué seguir peleando entonces?
El coronel Martín Cerezo hace una larga pausa.
—Tocamos—dice al cabo de un rato—llamada; enarbolamos bandera blanca; vino el jefe de los sitiadores y hablamos... Me ofreció que conserváramos las armas...
Que yo pusiese las condiciones de capitulación que quisiera... Extendí el acta... La firmamos... Y el 2 de junio 1899 salimos de la iglesia de Baler. Habíamos resistido en ella trescientos treinta y siete días.
Perdonad ...que sea tan largo, pero vale la pena.
Saludos